LA SIMA
-novela de ficción-
Eufrasio Berzosa Sánchez
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Capitulo I - El otro lado
Caminaba calle abajo sorteando los charcos, había parado de llover hacía tan solo unos minutos. El suelo era un barrizal. Este ayuntamiento no tenía presupuesto para asfaltar todas las calles, solo las principales poseían ese privilegio.
Al llegar a la parte más pendiente, tuvo que asegurar un pie tras otro, avanzaba lento, aferrándose a la pared como si sus manos fueran sendas ventosas. Salvado ese obstáculo pudo relajarse y caminar mas sosegado.
Estaba triste. Aún le dolía el bofetón que le dio quien él creía que era su amigo. Entre la sorpresa de lo inesperado y la decepción, hubiera querido no haber estado allí en ese momento, el desengaño lo llevó a pensar en desaparecer de este mundo e ir a vivir a otro que fuese distinto.
Llegó a la altura de la sima, las entradas a las cuevas se hallaban muy seguidas. Estas estuvieron habitadas en los tiempos en que el pueblo, era prospero por sus industrias. Entonces se censaron más de 30.000 habitantes. Así que cada casa, cada hueco en los cabezos, estaban ocupados por seres llegados de todas partes. Ahora todo estaba abandonado, se pasó de la prosperidad a la emigración.
Comenzó a subir por la terrera, hacia la entrada de una de las cuevas más próximas, le fue difícil alcanzar su objetivo, la tierra mojada, algunas hierbas frescas y la pendiente, le hacían resbalar a cada paso que daba. Miro hacia arriba y calculó que le faltaban unos siete u ocho metros.
Mas arriba aún, a unos cientos de metros, estaba el final de esa pared rocosa llena de huecos, como si de ventanas se tratara. Las nubes estaban por encima de todo. Un relámpago iluminó la oscura tarde, seguido de un estruendoso trueno, comenzó a llover de nuevo, esta vez con mas intensidad, hubo que aligerarse para cubrir los pocos metros que le faltaban, a gatas como un felino llegó; pero, todo empapado.
Dentro observó que se hallaba en una especie de distribuidor, tenía cuatro accesos a distintas estancias, fue pasando por cada una de ellas hasta llegar a la que estaba justo a la derecha de la entrada a esa sala, era la única que tenía una escalera ascendente girando sobre si misma. No lo pensó, subió por ella. A los once giros, encontró un hueco –como si de una ventana se tratara— desde el cual se veía todo el valle húmedo por la lluvia que caía. La escalera continuaba ascendiendo y decidió seguir. Después de catorce giros mas, otro hueco, ya no se paró a mirar, siguió adelante, el final era una sala, al otro lado de la misma un acceso que daba a un pasaje y este terminaba en otra sala.
Por fin, al fondo de un oscuro pasadizo una luz brillante. La curiosidad le hizo caminar más deprisa hacia esa luz.
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La luz lo llevo a una salida, daba a un lugar por extraño que parezca, no llovía, no hallaba ni el mas remoto indicio de la tormenta que había dejado en la otra entrada de ese laberinto de pasadizos y salas.
Se sentía como flotando, apenas si notaba el peso de su cuerpo, caminaba sin esfuerzo. Había desaparecido el cansancio y el malhumor, sin saber porque, sin tener motivos.
Estaba feliz, quizá fuera la paz, la luminosidad del lugar, el apacible y profundo silencio, que solo lo rompía el piar de los pajarillos.
Echó a andar sin saber que dirección tomar, no veía un camino delimitado, que le condujera a algún sitio, se desplazaba sobre hierba que parecía no tener fin, pasado un largo tiempo caminando, halló una fuente de agua natural, brotaba entre unas rocas un buen chorro de agua cristalina. No lo dudó, se acercó y bebió, no porque tuviera sed, solo por ese instinto de supervivencia que posee el ser humano.
Se recostó sobre la hierba y así tomar un pequeño descanso, mientras pensaba, en que lugar tan extraño se hallaba. Nunca nadie en el pueblo mencionó la existencia de ese territorio tan maravilloso y se preguntó: ¿por qué? Si alguien conocía ese sitio nunca lo dijo; pero, si por el contrario nadie había estado nunca aquí, entonces soy el primero en saber de este lugar. Con esos pensamientos entró en un éxtasis de somnolencia, tras un breve sueño despertó, se levantó de un salto y echó a andar de nuevo.
Se encontró atravesando un campo lleno de árboles frutales, habían de toda fruta imaginable e inimaginable, se acercó a uno de estos árboles del que pendían unos frutos con forma de pera, piel aterciopelada, como la del melocotón, un color fucsia, –extraña fruta— pensó, se atrevió a coger una y le dio un mordisco pequeño, como de cata, sabía como agria y dulce a la vez, muy jugosa miró donde había mordido, el color interior le recordó al de la salsa agridulce que sirven en los restaurantes chinos, terminó de comer la rara fruta, para continuar su marcha. Llegó al principio de una subida muy suave, no podía ver lo que tras esa subida podía encontrarse, cuando llegó arriba, pudo contemplar con asombro un extenso valle al que no se le veía el fin, lo atravesaba dividiéndolo un hermoso río de aguas limpias. Mas allá del rió, al otro lado, se divisaba una ciudad de pequeños edificios de no mas de dos plantas. Se veía grande y extendida, según se iba acercando le parecía aún mas extensa. Llegó a la orilla del río opuesta a la ciudad, buscó como cruzar, no vio nada, buscó orilla arriba, la vista le alcanzaba para saber que esa no era la dirección que debía tomar, así que decidió marchar rió abajo, hacia un recodo bastante distante de donde él se encontraba.
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Tardó en llegar al recodo del río, un pequeño montículo más alto que él le impedía ver más allá. Al rodearlo pudo contemplar con esplendor un gran puente que lo llevaba al otro lado del río, justo a la entrada de la ciudad. Se detuvo a observar antes de aproximarse, vio unos vehículos desplazándose en ambos sentidos del puente, apenas si emitían un leve sonido parecido a un soplido, ese no es el ruido que hacen los motores de los coches del pueblo, aquello no tiene nada que ver con lo que se oye en estos vehículos.
Está inmerso en esos pensamientos cuando alguien detrás de él lo saluda, dándole la bienvenida a ”KALGUER”, –es el nombre de la ciudad, el mío es Zarím–, le comenta, un varón de mediana edad, actitud relajada, habla despacio, sus gestos son pausados y armoniosos.
Sorprendido por la aparición inesperada le devuelve el saludo y le dice que se llama Miquel.
La vestimenta de Zarím es celeste muy clara, desde la cintura hacia abajo le cubre las piernas hasta por debajo de las rodillas, no siendo una falda al uso, ya que le envuelve los muslos por separado; pero, tampoco es un pantalón. Se tapa el pecho con una camisola semi-ajustada, cuello a la caja y mangas a mitad del antebrazo. Tiene cincuenta y pocos años, pelo castaño claro, presenta muy buen aspecto, con un rasurado perfecto, bien aseado.
Le indica que lo siga, dirigiéndose hacia un núcleo pequeño de edificios que hay a este lado del puente, que antes Miquel no había visto, al llegar a lugar, observa que todas las construcciones, tienen solo una única planta baja. Se dirigen a la puerta de una y le invita a entrar.
Dentro hay otras personas que visten igual que Zarím, solo cambia el color que lleva cada cual.
Zarím sin hablar se dirigió a la mesa de la derecha ocupada por una mujer, solo con un gesto esta entendió lo que quería. Abrió un cuestionario virtual en una pantalla transparente, al cual tuvo que responder Miquel. Cuando llegó a la pregunta, lugar donde nació y dar el nombre del sitio, ella anota, “VIENE DEL OTRO LADO”. Al ver que puso esto y no el nombre de su pueblo, Miquel extrañado le pidió que le dijera porqué. Zarím le comenta que no es el primero que viene del otro lado. Años atrás hubo otros que llegaron de allí y casi ninguno volvió a su lugar de origen, por distintos motivos. El primero fue Isaías, llegó huyendo de la Inquisición, lo creían un hereje por acusar en pública voz a la iglesia católica de injusta y falsa. La Inquisición que fue fundada en Languedoc al sur de Francia en 1.184, para combatir la herejía de los cátaros, se implantó en el Reino de Aragón allá por el 1.249. Isaías fue judío converso, llegó aquí por el año 1.593 en pleno auge de la Inquisición Española, creada esta en 1.478, por una bula papal.
Isaías era una buena persona, el abuso de poder de la iglesia católica y las injusticias cometidas por la Inquisición, mandando a la hoguera a personas inocentes le hizo elevar el tono de voz contra estos actos, por ello fue declarado hereje.
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Tomás de Torquemada, fue el más implacable inquisidor, recomendado por Isabel la Católica en 1.483 al papa Sixto IV, para que este lo eligiera como inquisidor general. Cinco años más tarde, fue nombrado gran inquisidor para toda España, por el papa Inocéncio VIII.
Torquemada creía que los no católicos y los falsos conversos podían destruir la Iglesia y el país, su modo de evitarlo fue utilizar la inquisición para investigar y castigar a “marranos” (falsos conversos procedentes del judaísmo), moros, apostatas y otras escalas que le pudieran infundir sospechas.
No dudaba en emplear la tortura, con la que conseguía declaraciones y pruebas, -la mayoría forzadas, por tanto infundadas- para perseguir delitos que incluían: la herejía, la brujería, la bigamia o la usura.
Durante su mandato fueron quemadas en la hoguera más de 2.000 personas, otros fueron expulsados de España, como fue el caso de los judíos y los moriscos. La inquisición quedó suprimida en España en 1.834.
Ese abuso del poder eclesiástico, consentido por los gobernantes; aunque ya es historia, fue una aberración, que en este mundo es impensable, aquí no ha habido inquisición ni nada que se le parezca; porque en nuestra forma de vivir, no existe: ni lo divino, ni lo religioso. Hay unas normas no escritas para la convivencia, partiendo desde el respeto, en el sentido más amplio y profundo de la palabra.
Aun no estamos en la perfección y educamos nuestras vidas y mentes para conseguirla, por eso,
este, aún no es un mundo perfecto.
En nuestras mentes llevamos siempre presente la palabra o idea “RESPETO” y la aplicamos a cada acto de nuestras vidas; ya que, cada momento de nuestra existencia, estamos motivados para hacer siempre algo, en un sentido o en otro, solo que antes de actuar, como norma, pensamos cual es la mejor forma de hacerlo para que prevalezca el respeto hacia esa persona o cosa. Si es eso lo que quieres para ti, primero lo tienes que dar tú, para que te sea devuelto y me tienes que creer, se te devuelve muy crecido.
A la vez que Zarím habla, caminamos hacia la puerta, donde nos aguarda uno de esos vehículos silenciosos. Tiene un aspecto aerodinámico, no se le ven ruedas, sus dos puertas se abren automáticas hacia atrás perdiéndose dentro del vehículo y abarcan los asientos delanteros y traseros, el interior es confortable, una vez cerradas las puertas no llega ningún sonido del exterior, los asientos son individuales. Cuando estuvimos acomodados, Zarím indicó al hombre que lo manejaba que podíamos irnos. La velocidad no era excesiva, cruzamos el puente en dirección a Kalguer, calcule que recorrimos unos cuatro kilómetros más o menos. Nos cruzamos con varios vehículos que iban en dirección contraria y a la misma velocidad que nosotros. Aquí las cosas se hacen con tiempo y sin prisas, nada de carreras, ni velocidades innecesarias; pero sin parar, como queriendo evitar el estrés.
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Todos los edificios tienen dos plantas, nos detenemos ante la puerta de uno, bajamos y entramos. En la planta baja existen dos estancias una es el recibidor, donde hay unos cómodos sillones y una mesita central, las paredes están decoradas con tonos claros y no hay nada colgadas en ellas, en la siguiente sala más adentro, hay un escritorio con un cómodo sillón, que queda situado a la derecha, lo que parece un lugar de trabajo, al fondo frente a la mesa, tras la pared una escalera que nos lleva a la planta segunda, ahí está el dormitorio y cuarto de baño, frente a la cama una puerta que da a una terraza.
Aunque todos los edificios tienen dos plantas, no son iguales en su interior, -comenta Zarím- todo depende de cuantos miembros forman una unidad familiar. Eso si, ninguno tiene cocina, existen zonas de servicios comunes, repartidas por toda la ciudad, distribuidas en ciento cincuenta sectores, en cada uno de ellos hay una zona de servicios comunes, “ZSC”.
Llega el momento en que Zarím se tiene que ir para continuar con su cometido. Antes me informa que debo acudir a la ZSC (zona de servicios comunes), para todo lo que necesite, ese es el sitio donde me puedo proveer de cualquier cosa para subsistir. Que no tendré ningún problema en adquirir cualquier producto.
En ese momento me da una pulsera que lleva incorporado un microchips, donde están todos mis datos; además, –añade Zarím– tienes suficientes credit, esta es la unidad monetaria de nuestra comunidad y es el consejo global quien concede a cada uno de nosotros suficientes credit para poder realizar una vida normal dentro de la comunidad.
En el año 2.132, el Consejo Supremo, abolió el sistema monetario existente, la unión global con la desaparición de fronteras, creó la unidad monetaria para todo el mundo, el “CREDIT”, que no existe de ninguna manera física, solo en modo virtual.
Los credit son concedidos, por el solo hecho de existir, desde el mismo momento en que naces, adquieres unos derechos que quedaron reflejados en la misma ley global del año en que se abolió la antigua moneda.
A cambio de esa asignación de credit debemos prestar nuestros servicios, en tu caso aún no sabemos cual será tu prestación, en su momento descubriremos en que puedes ser útil a la comunidad, bien nosotros o tu mismo, ya que debe ser en algo donde te sientas cómodo y realizado.
Zarím se va, subo a ponerme la ropa que me han dejado en la habitación, desde el momento en que me la pongo me siento como si fuera uno más, es como si llevara aquí toda mi vida.
Ya en la puerta se que debo ir a la ZSC, y está alejada de aquí, tengo que desplazarme hasta allí en un vehículo. Justo en ese momento se acerca uno, le hago gestos para que se detenga, cosa que hizo al llegar a mi altura. Le pedí al hombre que lo manejaba, que me llevara a la ZSC más próxima, asintió con la cabeza a la vez que decía: esta dirección está dentro del sector 107 por lo tanto le corresponde ir a la ZSC, S-107. Cuando me acomodé se puso en marcha.
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Mi curiosidad me llevó a preguntarle, que tipo de propulsión, movía este vehículo. Nosotros lo llamamos lanzadera, es un sistema complejo –me dice– basado en la fuerza eólica combinada con energía solar. ¿En que consiste esa combinación? –le pregunto de nuevo–. Unas células fotovoltaicas hacen mover un generador de energía contrarrotatória, esto es una turbina eléctrica, el cilindro externo con sus bobinas gira en sentido contrario al cilindro interno y así se produce mucha mas energía con menos esfuerzo y desgaste, la suficiente para todo el sistema de la lanzadera. A su vez la energía eléctrica producida por el aerogenerador, mueve un potente turbo-compresor, acumulando el aire en un tanque reforzado, ese aire en sumo grado comprimido, pasa a una turbina transversal, con álabes infinitos de admisión total, un rotor que parte de esa turbina hasta mover el eje propulsor. Así convertimos la energía solar más la eólica en fuerza mecánica.
Descubro que estas lanzaderas no consumen ningún tipo de combustible, ni fósil, ni sintético, solo energía solar y aire comprimido. ¿Que ha pasado con los combustibles?. Por suerte se agotaron –me comenta– la contaminación se elevó a índices muy altos, haciendo la atmósfera irrespirable, subió la temperatura en todo el globo, desaparecieron los bosques y faltaba oxigeno, a consecuencia de eso, murieron millones de hombres, mujeres y sobre todo ancianos y niños. Eso paso en el año 2.080, ahí empezó a gestarse la Unión Global, sucumbieron las grandes potencias, ya que mantenían su economía basada en la extracción de petróleo.
Ha costado más de cien años recuperar los bosques y la atmósfera, ya no existen los mismos árboles frutales, los conozco por imágenes grabadas, a pesar de todo, se han podido desarrollar otros tipos de frutales, que entonces no existían. Hemos vuelto a recuperar la vida aquí, ahora hacemos las cosas respetando todo tipo de vida. Vivimos para dar vida, no para matarla.
Estamos en un mundo de paz y apego a la vida, da igual la forma de vida que sea. Todos respetamos todo, absolutamente todo, no hay nadie que haga algo en contra de cualquier forma de vida. Se han puesto los medios necesarios para evitar la más insignificante polución, estamos obligados por necesidad vital, a conservar puro nuestro aire y sano nuestro medio-ambiente.
Estoy tan absorto escuchando lo que me dice, que no me doy cuenta que la lanzadera ha parado, hemos llegado a mi destino. Antes de bajar se aseguró que llevaba colocada la pulsera que me entregó Zarím, es al final del trayecto cuando se activa de forma automática, descontando de mi concesión de credit la cantidad necesaria para abonar el trayecto.
En la entrada se puede leer “ZSC Sector-107”, como todos los edificios tan solo tiene dos plantas, donde están todos los servicios necesarios para hacer una vida normal. Cada planta tiene aproximado a 5000 m2. Me dispongo a tomar algo, hasta ahora no había sentido el hambre, es un autoservicio, según voy cogiendo los alimentos que quiero comer, se van descontando como en la lanzadera, de forma automática, es el sistema establecido, ahora entiendo que aquí todo es así.
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Ocupo una mesa para ingerir los alimentos cómodamente sentados, estoy en eso cuando se me acerca una joven de tez morena, de bello aspecto, pelo negro corto y liso, ojos castaños, mirada alegre. Hola soy Noemí nací en África Central. Sonriendo me pide acompañarme a comer en la misma mesa. Que tal, soy Miquel. La invito a sentarse sin poner objeción alguna y lo hace frente a mí. Tiene curiosidad por saber de donde provengo, ya que -asegura- es la primera vez que me ve en este sector. Cierto -le respondo-, no he nacido aquí, “vengo del otro lado”, según lo llamáis aquí, nadie nunca me habló de este lado, no sabía que existía, llegué por una casualidad; porque yo no lo busqué, solo lo encontré, ¿o quizá me indujeron a encontrarlo?, sea como fuere, da igual, el caso es que aquí estoy.
¡Ah!, creí que venías de otra parte del globo. En cierto modo así es -le digo-, solo que al parecer en otra dimensión, otro estatus o como lo llaméis.
He oído hablar de personas como tú -comenta- dicen que nunca han dejado de venir del otro lado; aunque nunca he conocido a nadie, tú eres el primero que conozco. ¿Como es aquel sitio?. Bueno…, existen muchos males creados por el propio ser humano, entre otros: el “egoísmo” que se ha apoderado del ser humano, dentro de una cultura de “materialismo”, basado en el “consumismo”, todos quieren tener mas que el otro como sea, solo por el hecho de poseer, sin ser necesario para su subsistencia, prefieren tirar lo que no van a utilizar antes que darlo a gentes necesitadas, así son todos los gobiernos, con ellos los políticos que los forman, estos apoyan a los ricos que son cada vez mas ricos a costa de los pobres, que tienen que pagar al precio usurero que los ricos imponen, con ayuda de la leyes hechas por los políticos. Las grandes empresas de un mismo sector, se ponen de acuerdo para encarecer los productos, bien sea telefonía, electricidad o el precio del dinero que ponen los bancos para los prestamos, te podría decir más, que los hay; pero no quiero aburrirte. Sin embargo aquí, conceden una cantidad de credit suficiente para cada periodo de 28 días, necesites mas o menos, siempre es la misma cantidad, lo que no gastes de cada periodo se te queda acumulado en tu concesión.
Siempre tendremos suficientes credit para cubrir nuestras primeras necesidades.
Así es -dice Noemí-, da igual donde estés, siempre te llega la misma cantidad.
A esto, suena un zumbido que sale de mi pulsera, no se que hacer, estoy desconcertado. Noemí me saca del apuro, me coge la muñeca y presiona un botón lateral, a la vez que dice: es el comunicador, alguien te llama. Observo en la pantalla y veo la cara de Zarím; ella al verlo comenta: ese es El Visible del sector, y tu debes ser alguien importante.
Zarím se preocupa por mi bienestar, me pide que cuando termine de comer, acuda a la Plaza Norte de la ciudad, él estará esperándome. Tras darme el comunicado se despide deseándome buena ingesta.
Me dirijo a Noemí, para preguntarle porqué ha llamado a Zarím, El Visible. Esta comienza diciendo que cada uno tenemos una misión que cumplir en la comunidad, cosa que ya sabía yo, así que insistí, ¿quien es El Visible?.
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De nuevo me dice, es la persona que coordina y comprueba que todo discurra como debe ser, como te decía, la misión de cada uno es necesaria para los demás miembros de la comunidad, nadie puede dejar de hacer su cometido.
Quienes preparan los alimentos que estamos ingiriendo, si dejaran de hacerlo, acabaríamos por no tener nada que comer, o si los educadores no aleccionaran a los jóvenes, estos no adquirirían los conocimientos necesarios y volveríamos a la incultura, y así en todos los campos, cada cual es necesario en su lugar natural lógico.
El Visible, es la única persona del Consejo que conocemos, es un gestor que convive con nosotros; porque ese es su cometido vivir y estar junto a nosotros dándole solución a cualquier problema que se nos plantee. Cada sector tiene su Visible, todos juntos hacen El Consejo, que está regido por El Cadir y digo regido porque es quien rige la ciudad. Los Cadir son personas mayores con conocimientos suficientes, ocupan ese cargo por su gran experiencia y su sabiduría, puede ser hombre o mujer el sexo no importa, estos no están cara a nosotros, a estos no los conocemos en persona. Podría seguir explicándote temas de jerarquía; pero se va hacer pesado y tedioso.
En esta conversación hemos terminado de comer. Le recuerdo a Noemí que tengo una cita pendiente con Zarím y que debo acudir, tendré que tomar una lanzadera ya que no se donde esta ubicada la Plaza Norte.
Recogemos los residuos que han quedado tras la comida y nos dirigimos a las bocas de vacío donde se vierten, hay distintas bocas para las distintas materias sobrantes, ya sean plásticos, orgánicos etc.…, cada una por su boca correspondiente.
Antes de marcharme, la curiosidad me hace preguntar a Noemí cual es su misión en la comunidad, a lo que me responde, soy sanadora, me dedico a velar por la salud de los demás, lo hacemos de forma natural a base de usar productos naturales, como son las plantas, no utilizando ningún compuesto químico-sintético.
Desde tiempos ancestrales ya se utilizaban las plantas como medicina con muy buenos resultados y sin efectos negativos, tenemos todo lo necesario de forma natural sin necesidad de elaborar compuestos raros, que mas que beneficien, puedan perjudicar, ya que siempre dejan algún tipo de secuelas o efectos secundarios que a la larga son dañinos para la salud. Tampoco hacemos comercio con la salud, esta es un bien preciado que hay que cuidar y conservar, nadie tiene derecho a hacer negocio con la salud de los demás, por eso todo lo que se refiere a la salud no tiene coste alguno.
Me dispongo a salir de la ZSC, a la vez que le digo a Noemí, ¿supongo que nos volveremos a ver en otra ocasión?. Seguro que nos vemos de nuevo –me responde ella–. Salgo a la puerta para conseguir lo mas pronto posible una lanzadera, de momento las que pasan van completas, tengo que esperar a que pase alguna que tenga una plaza libre.
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Se aproxima una lanzadera a la que le hago señales indicándole que pare, cuando abre sus puertas una mujer y un hombre se bajan por lo que puedo ocupar un sitio en la misma. Al subir le indico que debo ir a la Plaza Norte, afirma con la cabeza, me acomodo en el asiento más próximo a la puerta. Con exquisita suavidad la lanzadera se desplaza por la ciudad recorriendo sus amplias pistas a una velocidad baja, sin sobresaltos ni aceleraciones. Después de dejar atrás varias manzanas, llegamos a la Plaza Norte y ahí se detiene para que me pueda bajar.
Los edificios que rodean la plaza forman un rectángulo. Sin embargo la zona por donde discurren las lanzaderas tiene forma ovalada, rodeando la plaza y dejando un hermoso paseo peatonal entre la pista y los edificios. Más que una plaza parece un parque repleto de árboles, zonas verdes, láminas de agua con distintas especies de peces y fuentes manando agua en abundancia.
Al otro lado de la plaza observo que alguien trata de llamar mi atención, es Zarím, me dirijo hacia él aligerando un poco mis pasos hasta llegar a su altura.
Hola, –me dice– te he hecho venir; porque quiero mostrarte algo que está muy cerca de aquí. La ciudad apartada. Ahí hay personas haciendo una vida paralela a la nuestra, están en ese lugar por actos cometidos contrarios a las normas globales, si alguien de aquí en algún momento falta esas normas, no se le castiga; pero, se le abre expediente ante el Consejo, se le da otra oportunidad para que pueda rectificar, si reincide entonces es cuando lo apartamos de nuestra comunidad y por los actos cometidos, entendemos que no es digno de convivir entre nosotros, por lo que se le envía a la ciudad apartada. Nadie quiere ir ya que no existen normas establecidas en ese lugar, hay unos grupos dominantes que ejercen el poder de forma impositiva, sin respetar nada ni a nadie.
Esa ciudad se creo en un principio para rehabilitar a los irrespetuosos, entonces nosotros teníamos influencias. Hasta que llegó alguien del otro lado con sus propias ideas y quiso imponerlas, pretendía formar un grupo de poder con él a la cabeza, para enriquecerse a costa de todo y de todos, en el primer intento lo expulsamos llevándolo a la ciudad apartada, ahí se ha hecho fuerte, ha conseguido hacer lo que aquí no le dejamos hacer en ningún momento.
Cogemos una lanzadera para desplazarnos hasta ese lugar, se hallaba a unos 25 Km. de Kalguer dirección noroeste, según nos acercamos se divisa una hilera de colinas no muy altas, tras ellas, –me dice Zarím– está la ciudad apartada. Rodeamos dichas colinas y como una aparición veo una gran muralla de unos 15 m. de altura, que se pierde en la distancia en sus dos direcciones. Llegamos al pié de la misma justo ante una puerta que da a una escalera, subimos por ella, yo siempre detrás de Zarím, desde arriba se ve una ciudad, las viviendas también de dos plantas, al estilo de Kalguer, solo que denotaban un cierto abandono de higiene y cuidados.
Aquí –dice Zarím- existe una vigilancia permanente con cámaras colocadas cada cierta distancia y una red de rayos láser, es un dispositivo electrónico que amplifica un haz de luz de extraordinaria intensidad, abarcan todo el contorno por debajo de las cámaras para evitar que nadie pueda saltar a través de la muralla.
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La ciudad apartada está fuera de las normas globales, -me comenta Zarím- donde el débil será un sumiso obligado por el malévolo Waghi el “egipcio”, que es quien domina la ciudad imponiendo su voluntad. Las irregularidades y los abusos de poder es lo habitual, por eso los que incumplen las normas; pero, que en el fondo no son malvados, no quieren ser expulsados a la ciudad apartada.
Te he traído hasta aquí; porque, necesito pedirte un gran favor, antes debo decirte que no estas obligado ha hacerlo. La cuestión es que tengo que enviar a alguien ahí, para que contacte con Thabo y Zanele una pareja de sudafricanos que lideran un grupo contrario al “egipcio” y su banda, ellos han conseguido que sus seguidores se rijan por las normas establecidas aquí, por eso consideramos que están rehabilitados y deseamos que regresen. No te voy a ocultar que la misión es peligrosa, hace veinte días enviamos a alguien con la misma misión, que no se pudo culminar al ser cogido por los hombres de Waghi, sabemos que para conservar su vida ha tenido que ceder a sus mandatos, eso nos dijo en el ultimo mensaje que envío hace siete días, desde entonces no hemos vuelto a tener noticias de él. En un mensaje anterior supimos que había podido contactar con el grupo de Thabo y que los vería a la mañana siguiente, como te digo no ha sido así por el ultimo mensaje que recibimos. Queremos creer que Thabo y Zanele, saben que los estamos buscando y que facilitaran de alguna manera el contacto con la persona que enviemos, dándole algo más de protección, ellos son los que conocen bien el terreno por donde se mueven.
Miquel que escucha con atención, hasta ese momento que lo interrumpe para preguntarle. Si accedo a ir ¿en que condiciones me mandáis?. Como es lógico, –le dice Zarím- para salvar tu integridad física, irás como si hubieras sido expulsado de aquí, por si te coge el grupo del “egipcio”, si es así debes seguirlos y hacer hasta donde puedas lo que te pidan para evitar males mayores, no puedes llevar la pulsera, nadie la lleva, eso te delataría, llevarás un transmisor camuflado en tu ropa a la altura del pecho que solo emite y no recibe señal, una bolsa con algo de ropa, agua y alimentos, eso es lo que llevan todos los expulsados a la ciudad apartada.
Llegó la hora de volver a Kalguer, ya se había hecho tarde, el sol estaba próximo a ocultarse, durante el trayecto de regreso ninguno dijo una palabra, estábamos absortos en nuestros pensamientos.
La verdad es que tengo poco tiempo para pensar si me lanzo a la misión o no, por la mañana debo tenerlo decidido. Presiento que esta noche va a ser un poco larga, intentaré descansar lo más posible. En el fondo casi lo tengo decidido, la misión conlleva sus riesgos, sin embargo creo que debo aportar algo de mi a la comunidad, más si me lo pide Zarím, que desde que llegué su atención hacia mi ha sido excelente, si, creo que debo ir sin duda alguna, sería estupendo que alguien me acompañara, con otra persona vería las cosas de otro modo y sería mas fácil.
Ya en Kalguer, la lanzadera me deja en la ZSC Sector-107, necesitaba tomar algún alimento antes de ir a dormir, al bajar de la lanzadera, me dirigí a Zarím y le dije que lo haría.
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Él me miró con un gesto de aprobación y sonriendo me dice: que si tenía alguna idea o sugerencia para esta misión, que no dudara en decírselo.
Si tengo una petición que hacer, ¿es posible que alguien me acompañe?.
Está previsto que vaya alguien contigo, mañana sabrás de quien se trata y por que ha sido elegida esa persona. Salimos después de desayunar, nos vemos aquí mismo, el desayuno lo haremos juntos.
Nos despedimos hasta el día siguiente, él se marcha en la misma lanzadera.
Ya dentro de la ZSC, me dispongo a tomar algo antes de ir a dormir, esta vez me he servido un poco de verdura variada, quiero cenar algo ligero, para que no sea pesada la digestión y así descansar mejor.
Me llevé una agradable sorpresa al encontrar a Noemí sentada comiendo algo también. Me acerqué hasta su mesa y no me dio tiempo a abrir la boca cuando ya estaba indicándome que me sentara con ella. ¿Que tal? –me dice con una agradable sonrisa- ¿como ha ido la cita con El Visible?. Extrañado le digo: ¿Como? ¡Ah! si, con Zarím. Hola. Me ha ido bien. Mañana tengo que empezar algo que me llevara un tiempo fuera de aquí y no se cuando voy a regresar. Es un trabajo que me ha pedido Zarím y creo que debo hacer. Por eso le he dicho que cuente conmigo.
Debo confesarte que sabía que te iban a proponer una misión para llevar a cabo en la ciudad apartada, lo que no sabia es: si aceptarías o no. Es eso, ¿verdad?. Si, esos es, ¿y tu como lo sabes?. Lo se, porque también voy a esa misión. ¿Queeeeeee?. Si, si, no te extrañes, ahora que has aceptado, te digo que vamos los dos a la ciudad apartada. Mañana sabrás todos los detalles y cual es el cometido de cada uno de nosotros, se que haremos un buen equipo.
Terminamos nuestros alimentos y decidimos irnos a dormir para estar al otro día frescos, fuertes y descansados. Cogimos distintas lanzaderas, ya que vivíamos en direcciones opuestas.
Amanece, estamos en el día 28 del mes 7 del año 2.196, según el calendario digital que aparece en el espejo que tengo delante de mí en el cuarto de baño. Este calendario me dice que el año tiene 13 meses, no tienen nombre, están numerados del 1 al 13 y que cada mes tiene solo 28 días.
Estoy dispuesto para llevar a cabo el encargo de Zarím, lo más agradable de esta misión es: la buena compañía que voy a llevar. Confieso que Noemí me gusta desde el primer instante que la vi.
Llego a la cita en la ZSC a la hora acordada, en ese instante llegan también, Noemí y Zarím, después de saludarnos y darnos los buenos días, nos sentamos dispuestos a tomar un nutrido desayuno, a base de frutas, leche y unas rebanadas de pan con miel. Terminamos y salimos para subir a una lanzadera que nos estaba esperando, la que nos llevaría hasta la puerta en la base del muro de la ciudad apartada.
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Capitulo II – El mundo de Waghi
En dirección hacia el nuevo destino, la vía discurría entre campos de árboles frutales, llevábamos distinto camino al de la primera vez que fui.
Pasaremos primero por una de nuestras instalaciones de investigación, para dotaros de nuevas ropas que llevan incorporadoslos transmisores, -me dice Zarím- no hace falta que te diga que la persona que te va a acompañar es Noemí –señalándola con un gesto, a la vez que hablaba- ella es experta en plantas medicinales. Entre otras cosas además de lo habitual, llevara camuflado en su bolsa un manual donde se explica que plantas hay que recolectar, como utilizarlas para aprovechar sus cualidades curativas y modo de prepararlas, ese manual lo dejara a los que se queden allí. Sabemos que han padecido diversas enfermedades y no saben ni tienen medios para curarse, queremos subsanar esa carencia en los desterrados.
Llegamos a la altura de un edificio de planta baja y de una extensión tan grande que no se alcanzaba a ver el final, bajamos de la lanzadera y entramos, me condujeron a una habitación donde ya estaba preparado todo lo que necesitaba para este viaje, imagino que a Noemí le habrán hecho cambiarse y dejar el comunicador de pulsera también. Reunidos de nuevo con Zarím, nos iba comentando con detalle los peligros que podríamos correr en esta misión.
En Waghi “el egipcio”, existen reminiscencias religiosas fundamentalistas -nos dice- es un terrorista consumado que usa la fuerza y la violencia para apoderarse de las voluntades de los demás, por eso los que están con él, muy a su pesar suyo, están a muerte, los que se enfrentan a él y son cogidos, los decapitan sin contemplaciones delante de todos, para que no sigan su ejemplo. Así que tened cuidado y volved sanos e íntegros.
Tomamos de nuevo la lanzadera y continuamos camino hacia la ciudad apartada, Zarím, seguía informándonos y aconsejándonos para el buen desenlace de esta misión. Según nos dice: cuando estéis allí, no tenéis que entrar en el núcleo urbano de la ciudad, es muy peligroso, ya que los hombres de Waghi dominan la situación y podéis ser cogidos con mucha facilidad, es preferible dar un rodeo para alcanzar la zona exterior al norte del núcleo urbano, en ese sitio la vegetación es abundante y podéis pasar desapercibidos; además, es el lugar que está previsto para el contacto con Thabo y su gente.
Estamos tan atentos a las indicaciones de Zarím, que no nos damos cuenta del paso del tiempo, la lanzadera ha parado junto al muro que tras de sí guarda la enigmática ciudad apartada. Ha llegado el momento de la verdad de esta nueva situación para mí, claro…, que aún estoy a tiempo de arrepentirme y no ir; pero, soy hombre de palabra y no me echaré atrás. Salimos de la lanzadera dirigiéndonos a la base del muro donde hay un hueco en el que caben máximo dos personas. Tenéis que subir ahí y meteros en la cavidad, -nos dice Zarím- tiene un mecanismo giratorio, que se acciona solo desde aquí, cuando yo lo active apareceréis al otro lado del muro. Suerte a los dos. Zarím se aleja unos metros hacia una puerta que abre y se introduce en el muro, por el sistema de vigilancia ve que la zona está despejada y procede a accionar el mecanismo giratorio.
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Unos breves momentos de oscuridad y otra vez se hizo la luz, ya estamos al otro lado, desde aquí parece mas alto, arriba no se ve a nadie, no quieren llamar la atención de alguien de este lugar, ello delataría nuestra presencia, así que nadie mira desde lo mas alto del muro.
Hasta la primera zona de vegetación hay unos 200 m. los mismos que hicimos corriendo para evitar ser vistos por cualquiera de los hombres del “egipcio”. Llegamos hasta la vegetación escondiéndonos de las posibles miradas, nos sentamos y apoyamos nuestras espaldas sobre la parte baja del tronco de un chaparro de unos diez metros de altura, ramas extendidas cubiertas de hojas perennes. A Noemí le extrañó que el chaparro no tuviera ramaje hasta la base de su tronco, ya que es un arbusto, las ramas estaban a una altura considerable por encima de nuestras cabezas, este, más que arbusto, es un árbol de considerables dimensiones.
Repuestos del breve; pero intenso esfuerzo, nos pusimos a caminar en dirección opuesta a la muralla, sin saber si íbamos por el buen camino. El sol empezaba a calentar, es tiempo de estío y los días son más largos, aún así, no podemos perder ni un minuto, tenemos que encontrarnos con Thabo y su gente antes de que entre la noche.
Nos alejamos cada vez mas en dirección opuesta al muro, hasta que dejamos de verlo, entonces escuchamos el sonido de ramas, como si alguien o algo las estuviera agitando, dimos un rodeo casi agachados hasta llegar a unas rocas próximas al lugar de donde provenía ese ruido, entonces vimos una especie extraña, con aspecto similar al avestruz; pero sin plumas, tiene dos patas recias y largas cada una con tres dedos, dos hacia adelante y uno hacia atrás, cuello grueso y largo para llegar a las ramas mas altas, cabeza como una tortuga de tamaño proporcional al cuerpo, fuerte y con dientes, tiene un caparazón con salientes punzantes. Va de árbol en árbol buscando las hojas más próximas para tratar de engullirlas. Esta es una criatura que ha debido evolucionar para adaptarse a este ecosistema.
Dejamos a ese ser extraño para seguir con nuestro camino. No pasó una hora, cuando vimos unos metros por delante de nosotros las primeras viviendas de la ciudad en la parte norte, es la más alejada, la parte sur es la que vi en mi primera visita, que es la más cercana a la muralla.
Debemos buscar un lugar donde podamos tener un mínimo de protección por nosotros mismos –me dice Noemí- hasta que llegue Thabo. Si –le digo- vamos a mirar por aquel montículo, que no está muy retirado, desde allí no perdemos de vista la ciudad.
Llegamos al sitio miramos las posibilidades, justo en lo mas alto, hay una densa vegetación con un árbol que en la base junto a su tronco hay un agujero lo bastante grande para acomodarnos los dos sin ser vistos. Cuando lo vimos los dos a la vez dijimos: este es el lugar perfecto. Era pasado el medio día, ya acomodados, nos dispusimos a comer algo, la caminata nos ha abierto el apetito. Aunque tuviéramos que pasar la noche en este lugar estaría bien, en este tiempo no hace frió, la temperatura es agradable por las noches y no hay necesidad de abrigarse.
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Sacamos de nuestras bolsas lo que nos vamos a comer, se trata de una especie de torta de harina de arroz y maíz, elaborada con leche y miel con un peso de 250 grs. de estas llevamos seis cada uno. La bebida; además de agua, una mezcla de fruta y soja liquidas.
Tras tomar los alimentos, nos quedamos recostados a la sombra del árbol que cubre todo el hueco donde nos hallamos, sin dejar de estar atentos a la llegada de Thabo.
Pasada media hora estamos tan relajados que casi nos dormimos con el sopor que nos dio después de comer. Estamos en esa situación cuando de pronto aparece un hombre apuntándonos con un arco y flecha dispuesto a disparar, hemos descuidado la vigilancia y nos ha cogido por sorpresa.
Quietos, no os mováis, -nos dice amenazante- quienes sois. Somos Noemí y Miquel, nos han expulsado de Kalguer y no sabemos donde ir, por eso estamos aquí esperando a tomar una decisión de que dirección tomar. Os voy a llevar ante Waghi, -nos dice- él decidirá que hacer con vosotros, ¡vamos andando hacia la ciudad!. ¿Quien es Waghi? -le pregunto haciéndome el ignorante-. Es el líder –me dice- y el que manda en esta parte. Nunca he oído hablar de él –le digo- sin embargo se que hay un grupo que lidera Thabo. Al decirle esto nos dice que paremos y en una actitud menos intimidatoria, pregunta, ¿conocéis a Thabo y su grupo?. He oído hablar de ellos en el otro lado -le digo-, cuando hemos sido expulsados, nos han dicho que los busquemos, solo que no sabemos donde están. Aquí tenéis dos opciones, -comenta- os unís al grupo de Waghi o al de Thabo. En ese momento se oye el galopar de caballos acercándose. Para sorpresa nuestra -el hombre nos dice- correr, esconderse que no os vean los hombres del “egipcio”.
No lo dudamos ni un segundo, nos agazapamos detrás de unos matorrales densos, próximos al otro lado del camino. Cuando llegaron a nuestra altura, uno sin bajarse del caballo le pregunta si ha visto a los que han pasado el muro, le dice que no ha visto a nadie, antes de irse le dice, sabemos que son dos, tienen que estar por esta zona, alguien los ha visto venir en esta dirección, si los ves nos avisas. El hombre asiente con la cabeza sin pronunciar palabra.
Cuando se alejaron –nos dice- daros prisa, os están buscando, tenéis que dejar esta zona, e ir en dirección este. Al volver aquella colina, veréis el pico de una montaña, tenéis que llevar esa dirección hasta encontraros con el grupo de Thabo.
Antes de marcharnos le pregunto quien es. Eso ahora no importa –me dice- tenéis que irse ya, sin perder más tiempo. Nos vamos algo desconcertados, sin entender el misterioso cambio de actitud y sin saber quien puede ser ese hombre.
Llegamos a la altura de la colina y al bordearla, la única montaña con el único pico que se ve desde allí, calculo que está a una distancia entre ocho y diez kilómetros, según la situación del sol, está en dirección este y ese es el camino correcto. Nos ponemos en marcha, ya es media tarde y el sol está bajando sin pausa, no podemos perder tiempo, tenemos que dar con el grupo de Thabo antes de que no se nos haga de noche.
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La vegetación no es abundante; aunque hay zonas con árboles por las que tendremos que ir para cubrirnos y evitar en lo posible ser vistos por los hombres del “egipcio”, caminamos zigzagueando entre las zonas verdes y las zonas de rocas, detrás de ellas y bajo los árboles, nos sentimos algo seguros.
Pasada una hora tomamos un descanso a cubierto de unas rocas lo suficiente grandes para no delatar nuestra presencia desde la distancia. Esta vez no descuidamos la vigilancia, nos turnamos cada quince minutos, mientras uno descansa, el otro no pierde de vista nuestro entorno más lejano, no deseamos ser sorprendidos ni dar la cara a no ser que veamos claro que son Thabo o alguien de su grupo. Pasados treinta minutos, continuamos dirección a la montaña con la esperanza de encontrarnos con el grupo, el ocaso pronto dará paso a la noche.
Llegamos a una zona donde la vegetación es mas densa, tenemos que abrirnos paso a través de ella, de pronto al dar un paso, noto que caigo en el vació por falta de tierra firme, voy a parar en una gran charca de agua a modo de albufera, el baño es total, todo empapado me incorporo, Noemí al ver que no me pasa nada grave no puede evitar una gran carcajada, a la que me uno porque en el fondo el chapuzón me sentó bien. Con el ruido de la caída y nuestras risas una serie de aves habitantes de la charca elevaron el vuelo, esto puede llamar la atención de alguien que no este muy lejos y decidimos ocultarnos en una zona cercana a la espera de acontecimientos, deseando que quien viniera fuera alguien del grupo de Thabo y no otros.
Ha pasado el revuelo y todo se ha calmado, en esto, caminando a través de la charca se acerca un ave extraña muy corpulenta, con zancas largas de color azabache, en vez de plumas tiene una especie de pelusa de color ceniciento oscuro, que deja ver la piel de un color rosáceo y brillante al reflejo de un sol de soslayo, el pico es de pala muy ancha, flexible y blando, al abrirlo se le ven unos dientes de mamífero, cuando extiende sus alas se abre una membrana como la de los murciélagos, de su cabeza salen dos pequeñas protuberancias a modo de pabellón auditivo, los ojos oscuros uno a cada lado de una especie de bola negra con dos orificios, por los gestos parece estar olfateado el ambiente, creo que ha detectado nuestro olor. Viene despacio en la dirección que estamos, cuando llega a nuestra altura se queda como paralizado, no sabemos como va a reaccionar, estamos inmóviles, sin perderlo de vista.
Nos observa con atención y nosotros a él, no queremos hacer ningún gesto para no asustarlo. De repente, detrás de nosotros, una voz nos indica que nos pongamos despacio las manos sobre la cabeza si no queremos ser atacados por la bestia que tenemos delante, lo que hacemos, entonces el extraño animal da un paso atrás, cuatro hombres nos rodean blandiendo en sus manos una especie de machetes, otra vez el interrogatorio, quieren saber quienes somos y a que venimos, les damos algunas explicaciones sobre la expulsión de Kalguer y poco más. Nos miran con desconfianza.
Aparece entre los matorrales una mujer de piel negra, quien dice ser Zanele. Es cuando les damos las explicaciones más detalladas hasta hacerles comprender que venimos para ayudarlos, cuando entienden lo que les decimos,la compañera de Thabo y los cuatro hombres se relajan.
Siento no haber llegado antes –nos comenta Zanele-; pero nos ha sido imposible, debido a que tenemos muchas bajas.
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Nos ha invadido una epidemia, que ha enfermado a la mayoría, están todos con mucha tos, fiebre y vómitos. Por los síntomas -dice Noemí- parece ser “Coqueluche”, la tranquiliza, asegurándole que hará todo lo que esté en sus manos para erradicar la enfermedad. Le dice, que lo primero que hay que hacer es inmunizar a los que están aún sin contagiar, para que no caigan y puedan ayudar a la sanación del resto. Vayamos a un lugar seguro donde podamos preparar todo lo necesario para curar a los enfermos.
Dispuestos a marcharnos guiados por Zanele y los hombres que la acompañan, nos precede la extraña ave. Vamos en dirección a la montaña, ahí es donde habita este grupo que nada tiene que ver con el “egipcio”.
Ha transcurrido hora y media cuando llegamos al pié de la montaña, desde aquí no se ve la cima, el ascenso es lento y dificultoso por lo escarpado del lugar, a mitad de la ladera encontramos un hueco, está camuflado, si no lo conoces no te das cuenta que existe. Entramos de uno en uno por la estrechez del sitio, caminamos largo tiempo hasta llegar a una sala espaciosa, con un techo alto a modo de cúpula, es un hueco creado por la misma naturaleza, la belleza interior de la montaña. Caminamos hacia el otro lado de esta sala, vamos a descubierto ya que nada hay en los doscientos metros de distancia entre pared y pared de esta cueva, vemos una vereda frente a nosotros por donde tenemos que ir uno detrás de otro. Subimos por la estrecha cuesta hasta lo más alto donde empieza una bajada; cuando de unos huecos que no se aprecian, van saliendo otros miembros del grupo.
En este punto vigilamos el acceso, nos turnamos cada dos horas, -comenta Zanele- no podemos dejar que nos sorprendan, ahora lo hacemos desde aquí; pero antes de que nos afectara la epidemia, teníamos vigilada desde la entrada toda la ladera de la montaña, con solo dos hombres que tenían que dar el aviso a estos de aquí, si veían a alguien aproximarse para preparar la defensa. Por suerte nunca nos han descubierto y no hemos tenido la necesidad de defendernos.
Por unos pasadizos no muy anchos nos desplazamos hasta otra sala, esta más pequeña que la anterior, en sus paredes hay excavados unos huecos con suficiente altura y profundidad como para que les sirva de habitáculo, del exterior han ido trayendo ramas y troncos con los que se han construido sus camas, asientos y mesas. Otros pasadizos llevan a sendas salas con similares huecos en sus paredes, llegamos a una última que está dedicada a la preparación de los alimentos.
Volvemos para ver a los enfermos y tratar de saber si es lo que nos dijo Zanele, el mal que padecen o es otra enfermedad. Mirados todos por Noemí, se confirma por los síntomas: tos compulsiva, algunos con vómitos y otros con expulsión de una especie de saliva espesa y viscosa. Es en efecto, “coqueluche”, -dice Noemí- lo que se conoce como “tos ferina”. Al subir por la ladera he visto unas hiedras y muérdagos, que nos pueden ayudar a paliar la enfermedad, hay que salir y recolectar todas las hojas que se puedan y hacer con ellas una infusión, para que se tomen dos tazas diarias, es lo mas rápido ya que se puede hacer con las hojas frescas, otras hierbas hay que usarlas desecadas y no podemos esperar a eso. Se organiza la expedición para ir a recolectar las hojas de hiedra y muérdago al exterior, Noemí quiere ir para supervisar la recolección, por lo que decido acompañarla junto con seis hombres más.
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Una vez fuera, bajamos hasta llegar a una zona de bosque, nos internamos en su espesor, al cruzar por su parte más densa y oscura pudimos recolectar suficiente muérdago que crece en los troncos por ser una planta parásito, curiosamente a la entrada de esta zona también vimos hiedra rodeando algunas coníferas, es una planta trepadora, sus ramas pueden alcanzar hasta veinte metros de altura, de ella haremos la recolección al salir de este bosque. Ya dispuestos a volver y desandar lo andado con el muérdago en las mochilas, nos damos cuenta de que nadie conoce el lugar lo suficiente para regresar sin perdernos, a ninguno se nos ocurrió ir dejando algún tipo de marca o señal para hacer el camino de vuelta por el sitio correcto. Sin amedrentarnos tomamos la decisión de continuar, no podíamos perder más tiempo, los enfermos necesitaban la medicación cuanto antes, así que dejamos a la intuición de Zanele que nos guiara hasta la salida del bosque.
Ella se quejaba de no haber traído a su mascota –se refería al ave rara que nos sorprendió– nos hubiera sacado de aquí sin duda alguna. Llevamos una hora de camino y al fin se ve algo de claridad a unos metros delante de nosotros, llegamos a los primeros arboles, son los que están cubiertos de hiedra.
Cuando nos disponemos a hacer la recolección, escuchamos unas voces no muy lejos, y todos a la vez como si de una orden se tratara, buscamos unos matorrales para escondernos, queríamos evitar el enfrentamiento con los hombres del “egipcio”, no por temor, solo por los hombres y mujeres enfermos que estaban esperando su sanación con ansias. Aguantamos la posición en absoluto silencio, frente a nosotros pasa un grupo de hombres armados con picas, flechas y arcos en actitud guerrillera, marchan desordenados. El que va el primero del grupo se detiene y los otros hacen lo mismo. Tenemos que encontrarlos y llevarlos ante Waghi, él quiere interrogarlos en persona, recordad que solo son dos, venían en esta dirección, no han podido llegar muy lejos, así que tienen que estar por esta zona –dice el cabecilla–. Por sus palabras deduzco que alguien nos vio en algún momento, después de cruzar la muralla y dio el aviso al “egipcio”, por eso andan buscándonos. Somos el objetivo de su misión.
Pasado un breve espacio en el tiempo, de nuevo se ponen en marcha alejándose de nosotros, cuando los perdimos de vista, fuimos saliendo de nuestros escondites uno a uno, despacio y con la mirada puesta en el horizonte por donde se habían marchado, para asegurarnos que no nos pudieran ver, si volvían.
Continuamos con la recolección de hojas, esta vez la hiedra, la hay en abundancia y es muy importante para la sanación de los enfermos. Cuando tuvimos suficiente cantidad, decidimos regresar, teníamos que salir del bosque a la zona de matorrales, con el riesgo de ser vistos, así que decidimos ir de dos en dos y de matorral en matorral, queríamos llegar a la ladera de la montaña y subir por ella hasta la entrada de la cueva sin ser vistos, por fin lo logramos, esto nos llevó casi una hora; pero ha valido la pena.
Una vez dentro, vamos a la sala donde podemos preparar la decocción de las hierbas y dar la infusión de las mismas a los enfermos primero y luego a todos los demás.
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Ya en la sala, me doy cuenta que entre los que hemos vuelto no está Noemí, me dicen que ella y Zanele venían detrás, se han quedado en la entrada del bosque sin poder salir, porque volvían los hombres de Waghi. Sin pensarlo salgo en busca de ellas, dos hombres me siguen, bajamos todo lo deprisa que podíamos, con la necesaria precaución de no delatar nuestra presencia. Ahí están los hombres del egipcio, han visto nuestras huellas y las están siguiendo, vienen en esta dirección, va a ser imposible que no nos vean, el enfrentamiento será desigual ya que nos triplican en número y no podemos hacer otra cosa que dar la cara. Le digo a uno de los que vienen conmigo que se quede atrás escondido, para nosotros llamar su atención y desviarlos de la dirección de la entrada a la cueva, él tiene que dar un rodeo y buscar a las dos mujeres, es necesario que Noemí consiga preparar las infusiones con las hierbas que hemos recolectado para sanar al grupo enfermo.
Cuando nos ven, se dispersan haciendo un circulo intentando rodearnos, ellos son nueve y nosotros solo dos, así que no ofrecemos resistencia. Ya nos tienen, espero que esto les quite la idea de seguir buscando. Nos atan las manos con fuerza, el otro extremo de la soga a la única montura que llevan, obligándonos a marchar con ellos. Al menos creen que han apresado a los que buscaban. Por suerte no van muy deprisa, podemos resistir la marcha sin caer al suelo. Llegamos al núcleo de la ciudad apartada, se está haciendo de noche, nos encierran en una habitación sin iluminar, cuando la vista se adapta a la oscuridad vemos que en un rincón hay alguien sentado en el suelo con la cabeza entre sus rodillas, le pregunto quien es y porque está aquí, no podemos oír nada de su boca, porque nada dice. Ha amanecido, lo se por la tenue luz que pasa por el pequeño espacio que hay entre la puerta y el suelo. Veo con mas claridad la figura del hombre que está recostado en el rincón frente al que estoy, está despierto, con la cabeza erguida, ya no la tiene entre las rodillas, me incorporo y me acerco a él, a la vez que se levanta, al verle la cara lo reconozco, es el hombre que nos apuntó con su arco y flecha. Tu eres el hombre que nos dejó marchar a Noemí y a mi –le digo–. Calla que no te oigan –me dice–, por ese motivo estoy aquí, no lo saben con certeza, sospechan que os dejé marchar; aunque siempre lo he negado, así que yo no te conozco de nada y tu a mi tampoco. Mi nombre es Agostinho, llegué aquí hace 27 días enviado por Zarím, cuando iba en busca de Thabo me sorprendieron los hombres del egipcio y me vi obligado a unirme a él si quería vivir, aquí soy cazador, es mi trabajo tengo que conseguir alimentos de caza para el grupo cada día sin excepción, porque si no traigo nada, tengo otras dos opciones: trabajos más pesados bajo vigilancia, o la muerte en una pelea con los hombres más fuertes. Siendo cazador tengo libertad de movimiento, he podido contactar con Thabo una vez y con su gente dos veces, aquella vez que os deje marchar a ti y a la mujer, venía de una reunión con Zanele, estábamos preparando el regreso del grupo a Kalguer, lo difícil era el traslado de los enfermos por eso llevamos tanto retraso. La mujer que me acompaña -le digo- es sanadora, por eso nos ha enviado Zarím, tenía conocimiento de ello. Si –me dice él- a través de mi transmisor ha podido saberlo; pero hace ocho días me obligaron a cambiarme de ropas, quemaron las que me quité donde iba colocado.
Dentro de unas horas os llevaran ante Waghi, tenéis que negar que me habéis visto antes de ahora, este no siente respeto por nada y aún menos le importa las demás vidas.
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Mientras fuera, el hombre que se quedó escondido, había encontrado a Zanele y Noemí, le relató el encuentro que habíamos tenido con los hombres de Waghi. Estaban en el proceso de preparación de las tisanas que debían dar a los enfermos, en realidad por nosotros nada podían hacer, cuestión de prioridades y la primera era sanar a todos los que padecían la enfermedad de la tos.
Se abre la puerta para sacarnos de aquella maloliente habitación, no había donde poder defecar y alguno de los que me acompañaron esta noche tuvo la necesidad de hacerlo.
Nos llevaban maniatados ante la presencia del egipcio según nos comento Agostinho, íbamos delante escoltados por seis hombres de Waghi, detrás a unos veinte metros venía Agostinho acompañado por un solo hombre, observe que a él no lo ataron. Me dice mi compañero que el egipcio es impredecible, no se rige por normas, todo lo que hace o dice es producto de la improvisación, nadie, ni sus más allegados saben como puede reaccionar en cada momento, todo depende de como le caigas y la impresión que le causes en el primer momento que te ve.
Según íbamos cruzando las calles de este sitio recordé las palabras que me dijo Zarím antes de cruzar a este lado: (“si te coge el grupo del egipcio, debes seguirlos y hacer hasta donde puedas, lo que te pidan para evitar males mayores, llevarás un transmisor camuflado en tu ropa a la altura del pecho que solo emite y no recibe señal”).
No tengo posibilidad de comprobar si el transmisor sigue emitiendo o no, por suerte aquí no tienen nada, carecen de todo tipo de medios electrónicos por lo que no podrán saber que estoy emitiendo por radiofrecuencia, esta señal la reciben al otro lado del muro a través de unos instrumentos llamados radiointerferómetros, este sistema en apariencia es sencillo, ellos tiene que localizar la señal que emite mi transmisor y que lo hace en radiofrecuencia con un ancho espectral igual o menor a 300 Hz., que es el espacio en la banda que utiliza una transmisión. Con esta técnica que Zarím la denomina (“Interferometría de Línea de Base Extensa”), I.L.B.E. y que asocia radiotelescopios situados en lugares distintos, se pueden obtenerse resultados realmente exactos en cuanto a alcance y precisión. Se monitorizan a la vez todos los canales de radio, escucha realizada por ordenadores; pero cada señal está identificada por un código que emite cada uno de los radiotransmisores, por lo que es fácil saber donde estoy en cada momento y cual es la conversación que tengo y con quién, ya que pueden elegir captar mi señal en directo y todo el tiempo. Solo espero que sea así y estén escuchando.
Salgo de mis pensamientos, porque cada vez se oye más cerca el vocerío de hombres y mujeres, que al parecer están agrupados en un punto concreto donde nos estamos acercando, ese debe ser el sitio donde se reúnen en asamblea, saben que nos estamos aproximando y están alterados por el acontecimiento. Al doblar una esquina llegamos a una plaza, al otro lado, sobre una escalinata, hay un personaje de tez oscura, la cabeza totalmente rapada, de cuerpo musculoso, ese es sin duda Waghi, “el egipcio”.
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Al vernos llegar el griterío de la jauría allí reunida aumento lo suficiente como para ensordecer cualquier mediana voz a una distancia de un metro. Están alterados, el egipcio deja subir el estado de crispación, parecía disfrutar viendo a su gente exaltada insultándonos hasta la extenuación, por suerte para nosotros, por miedo a las represalias de Waghi, no se atreven ni tan siquiera a amenazarnos con las armas que llevan, solo escuchamos sus agravios dirigidos a nosotros, hasta que los manda callar, cosa que hicieron de inmediato al levantar el líder los brazos, en eso ya estamos en lo más
bajo de esa ancha escalinata de solo cinco peldaños, donde nos hacen arrodillar e inclinar la cabeza en un gesto de sumisión, intento levantar la cabeza y el golpe que recibo es tremendo, tanto, que un hilo de sangre chorrea de la brecha que me han abierto.
Tengo la sensación de que estamos en la antesala de nuestro juicio, el caso es que no he oído aún ninguna acusación hacia nosotros, está claro que esta gente no respeta a nadie.
En el silencio se oye la voz del egipcio preguntándonos. “¿A que habéis venido, quien os manda?. Después del golpe recibido no me atrevía a abrir la boca; pero el mismo que me golpeo me obliga a levantar la cabeza a la vez que me dice: “Contesta a lo que te esta preguntando”. Acordándome de las palabras de Zarím, le dije que nos habían expulsado del otro lado del muro por haber cometido algunos delitos de robo. No conforme con lo dicho me alentó a que le explicara con detalle todas mis fechorías, le dije que había robado una lanzadera y con el compañero nos desplazamos a la ciudad del oeste “Goltar”, allí quisimos tener relaciones, obligando a dos mujeres que consiguieron escapar y nos denunciaron, antes de que llegaran las fuerzas del orden, volvimos a Kalguer, llegamos a la “ZSC Sector-10”, que está al norte de la ciudad para comer algo; pero ahí nos estaban esperando; nos dejaron entrar a la zona de servicio sin delatarse, había más gente que nunca, todos tomando alimentos y bebidas, cuando estuvimos sentados comiendo relajados, creyéndonos a salvo, los ocupantes de las tres mesas más próximas a la nuestra se levantaron a la vez rodeándonos, lograron reducirnos y maniatarnos por la espalda. Un día después nos obligaron a cruzar el muro y por eso estamos aquí.
Waghi se queda pensativo durante un breve tiempo, muy corto; aunque a mi se me hace una eternidad, por fin dice: llevarlos a las jaulas y encerrarlos hasta que decida su destino.
Nos llevan a un montículo lo suficiente alto como para ser visible desde casi todos los puntos, encima del mismo hay colocadas varias jaulas metálicas sin protección para el sol, el frío o el viento, dado a la estrechez de las mismas solo podemos estar de pie. Menuda noche nos espera sin poder recostarnos para echar una cabezada; pero no sabemos que es peor si la noche o lo que nos aguarda mañana.
Resignados, no nos queda otra que aceptar la situación, debemos relajarnos para quitar tensión y de la forma que sea descansar lo más posible a pesar del estado en que nos vemos. Cuanto antes aceptemos este momento, antes podremos descansar, para mañana afrontar lo que nos pueda venir, con más fuerza moral.
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Han pasado unas tres horas, estoy medio adormecido, ya casi no siento el dolor en las piernas de lo entumecidas que las tengo, la noche es oscura, cosa que aprovecha Agostinho para acercarse hasta las jaulas, nos trae unos trozos de carne y agua, lo que agradecemos sin entusiasmo por la situación en la que nos hallamos. Los he podido convencer de que no os había visto, -nos dice susurrando- mañana os espera un día duro, os harán luchar entre vosotros a muerte, debéis hacerlo, si no lo hacéis os harán pelear con los más fuertes y si perdéis os espera lo peor, en cambio si lucháis entre vosotros, en el último instante el egipcio no os dejará acabar con la vida del otro, solo va a probar vuestro valor, necesita hombres que sepan pelear sin miedo, la idea es hacer un ejercito para ir más allá del muro, apoderarse de Kalguer, y continuar desde ahí conquistando ciudad tras ciudad.
Eso lo tenemos que evitar, -le digo- hay que avisar a Zarím de las intenciones del egipcio.
No te preocupes de eso ahora, -dice Agostinho- lo sabrá a su debido tiempo, ahora piensa en mañana y como vais a hacerlo para que sea creíble la lucha vuestra. Me tengo que ir, corro el riesgo de que me cojan trayéndoos comida. Se va dejándonos con la preocupación de la pelea entre los dos.
Amanece, la noche no ha sido muy fría, hemos podido dormir algunas horas a pesar de la incomodidad de la situación en la que estamos.
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Zanele y Noemí están dando de beber las infusiones a los enfermos cada doce horas, esta es la tercera infusión que les dan y ya se nota en algunos la remisión de la fiebre, de un panal, han extraído la miel, esta ayudará a calmar la tos y hará que sea menos intensa cada vez.
Noemí está preocupada por la suerte que a corrido su compañero de viaje, cree que volverá a Kalguer sin él, sabe que el egipcio no lo dejará escapar. Siente impotencia al saber que no puede hacer nada por él, e intentar algo sería arriesgar la operación para la que han venido.
No se imagina en la situación que se encuentran los dos, ni lo que van a tener que hacer para seguir con vida.
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Asoman los primeros rayos del sol cuando nos sacan de las jaulas, nos llevan a una plaza circular que está rodeada por escalinatas de ocho alturas a modo de circo, la única entrada y salida es a través de esas escalinatas por donde sería imposible escapar, puesto que están ocupadas por los asalvajados hombres de Waghi. El griterío al vernos llegar se hace ensordecedor, todos tienen ganas de ver sangre, estas gentes lejos de evolucionar han vuelto atrás en el tiempo, a una época donde existían los circos, las luchas a muerte, para diversión de los gobernantes. Vamos a tener que luchar para ganar la confianza de esta gente como si fuéramos aquellos gladiadores romanos que peleaban por sobrevivir; aunque algunos no lo consiguieran al enfrentarse a un rival más fuerte. Gladiador viene del latín gladius, esto significa espada, de ahí gladiator o portador de la espada. Estos eran los esclavos más fuertes se entrenaban en unas estancias anexas al circo romano y se preparaban para la lucha cuerpo a cuerpo.
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Jamás he peleado con nadie y menos aún con armas. Nos llevan al centro de esta plaza circular y nos dan sendos machetes para que los usemos como espada y unas planchas metálicas a modo de escudo. Permanecemos estáticos sin saber que hacer, quien nos ha dado las armas nos arenga para que luchemos apoyado por los que ocupan las gradas . Con timidez nos aproximamos a la vez que giramos, ninguno se atreve a dar el primer golpe, otra vez los gritos animándonos a la lucha, cuando veo amenazante su arma y logro pararla con el improvisado escudo, intento devolver el golpe sin conseguirlo. Dando y recibiendo machetazos estamos el tiempo suficiente para cansarnos y sentir el dolor en los huesos por los golpes recibidos, hasta que resbalo y caigo de espalda perdiendo el escudo, ocasión que aprovecha mi compañero para poner el machete sobre mi pecho a la altura del corazón, con la intención de clavarlo. Consigo zafarme del asedio en el que estaba y logro incorporarme para volver a la lucha, esta vez sólo con el machete, mi contrincante está decidido a vencer y creo que lo puede conseguir, su fuerza es superior a la mía, ya apenas puedo resistir, en uno de sus impactos consigue desprenderme del machete, no puedo creer lo que me está pasando, viene hacia mi decidido a terminar la pelea, por suerte estoy cerca del escudo que perdí y consigo cogerlo, justo a tiempo para evitar un nuevo impacto en mi cuerpo, en el retroceso de su brazo deja descubierta su cara y consigo arrearle con el escudo en su rostro reventándole la nariz, lo que le hace sangrar en abundancia, es tanta su rabia y se dirige a mi con tanto ímpetu, que al girarme para esquivarlo no puedo evitar que me golpee de plano en la nuca con el machete, lo que me hace caer al suelo de bruces a la vez que se me nubla la vista.
Cuando recobro el sentido, ya no estoy en ese circo que han montado, abro los ojos, la penumbra invade todo el cuarto donde me hallo, estoy tumbado sobre un camastro hecho de troncos, ramas y hojas secas. Intento incorporarme, me cuesta hacerlo por el dolor que tengo en todo mi cuerpo, magullado por los golpes recibidos en la pelea. Estoy solo, todavía oigo el griterío de los asalvajados “animales” de esta sociedad malvada. Por la inclinación del techo, esta habitación tiene que estar bajo las gradas, fuera parecen estar celebrando algo, me acerco a la puerta, para comprobar que no esté cerrada. Vana ilusión, cerrado el único acceso a este lugar.
Al cabo de un buen rato el ambiente fuera está más calmado, se abre la puerta de la habitación y aparece mi compañero con ganas de hablar conmigo, no trae compañía. Aunque llevamos un tiempo juntos -me dice- nunca nos han presentado, mi nombre es Julian, -a la vez que me ofrece su mano- siento tener que haberte dado. Se refiere al golpe que me asestó en la cabeza. Lo hice para terminar la pelea y así fue, después de tu desmayo “El Egipcio” paró la lucha y mandó que te trajeran a este lugar. Nuestro combate los ha convencido estamos dentro del grupo, aunque con reservas, eso quiere decir que observan todos nuestros movimientos hasta estar seguros de nosotros. Nos han cedido una habitación para los dos y podemos movernos con cierta libertad por la ciudad. Tu también debes disculparme por haberte reventado la nariz.
Tras la disculpas salimos de esa habitación, para ir a la vivienda donde nos han dado un cuarto para descansar, los dos lo necesitábamos después aquella aventura.
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Jamás he peleado con nadie y menos aún con armas. Nos llevan al centro de esta plaza circular y nos dan sendos machetes para que los usemos como espada y unas planchas metálicas a modo de escudo. Permanecemos estáticos sin saber que hacer, quien nos ha dado las armas nos arenga para que luchemos apoyado por los que ocupan las gradas . Con timidez nos aproximamos a la vez que giramos, ninguno se atreve a dar el primer golpe, otra vez los gritos animándonos a la lucha, cuando veo amenazante su arma y logro pararla con el improvisado escudo, intento devolver el golpe sin conseguirlo. Dando y recibiendo machetazos estamos el tiempo suficiente para cansarnos y sentir el dolor en los huesos por los golpes recibidos, hasta que resbalo y caigo de espalda perdiendo el escudo, ocasión que aprovecha mi compañero para poner el machete sobre mi pecho a la altura del corazón, con la intención de clavarlo. Consigo zafarme del asedio en el que estaba y logro incorporarme para volver a la lucha, esta vez sólo con el machete, mi contrincante está decidido a vencer y creo que lo puede conseguir, su fuerza es superior a la mía, ya apenas puedo resistir, en uno de sus impactos consigue desprenderme del machete, no puedo creer lo que me está pasando, viene hacia mi decidido a terminar la pelea, por suerte estoy cerca del escudo que perdí y consigo cogerlo, justo a tiempo para evitar un nuevo impacto en mi cuerpo, en el retroceso de su brazo deja descubierta su cara y consigo arrearle con el escudo en su rostro reventándole la nariz, lo que le hace sangrar en abundancia, es tanta su rabia y se dirige a mi con tanto ímpetu, que al girarme para esquivarlo no puedo evitar que me golpee de plano en la nuca con el machete, lo que me hace caer al suelo de bruces a la vez que se me nubla la vista.
Cuando recobro el sentido, ya no estoy en ese circo que han montado, abro los ojos, la penumbra invade todo el cuarto donde me hallo, estoy tumbado sobre un camastro hecho de troncos, ramas y hojas secas. Intento incorporarme, me cuesta hacerlo por el dolor que tengo en todo mi cuerpo, magullado por los golpes recibidos en la pelea. Estoy solo, todavía oigo el griterío de los asalvajados “animales” de esta sociedad malvada. Por la inclinación del techo, esta habitación tiene que estar bajo las gradas, fuera parecen estar celebrando algo, me acerco a la puerta, para comprobar que no esté cerrada. Vana ilusión, cerrado el único acceso a este lugar.
Al cabo de un buen rato el ambiente fuera está más calmado, se abre la puerta de la habitación y aparece mi compañero con ganas de hablar conmigo, no trae compañía. Aunque llevamos un tiempo juntos -me dice- nunca nos han presentado, mi nombre es Julian, -a la vez que me ofrece su mano- siento tener que haberte dado. Se refiere al golpe que me asestó en la cabeza. Lo hice para terminar la pelea y así fue, después de tu desmayo “El Egipcio” paró la lucha y mandó que te trajeran a este lugar. Nuestro combate los ha convencido estamos dentro del grupo, aunque con reservas, eso quiere decir que observan todos nuestros movimientos hasta estar seguros de nosotros. Nos han cedido una habitación para los dos y podemos movernos con cierta libertad por la ciudad. Tu también debes disculparme por haberte reventado la nariz.
Tras la disculpas salimos de esa habitación, para ir a la vivienda donde nos han dado un cuarto para descansar, los dos lo necesitábamos después aquella aventura.
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Vamos por las calles de la ciudad buscando el sitio donde teníamos que alojarnos, ya había estado antes Julian, conocía el lugar, tardamos en llegar unos veinte minutos, por fin se para ante un casa de dos plantas, –todas tienen la misma estructura–, nos habían asignado una habitación con dos camastros en la parte alta de esta vivienda.
En este lugar todo es rudimentario, carecen de toda tecnología, las noches sin luna son oscuras, el alumbrado en las viviendas es a base de teas, nadie anda por las calles cuando el sol se oculta hasta el amanecer, salvo los esbirros del egipcio –me dice Julian– y lo hacen con antorchas, es como si se hubiera establecido un toque de queda, salir por las noches en la “Ciudad Apartada”, puede costarte la vida si te encuentras con algún lacayo de Waghi, estos, primero te arrean y después preguntan por qué estás ahí.
El sol se ha puesto y empieza a oscurecer, subimos a la habitación. Por fin un lecho donde descansar, desde que llegué a este lugar, todo ha sido agitación y prisas, la tensión ha sido la tónica constante en cada momento, ya toca vivir con algo de tranquilidad . Tenemos todo lo necesario para no tener que salir de aquí hasta que amanezca, una pequeña cantara con agua y un talego repleto de frutas, suficiente para los dos. Tomamos algo de fruta y calmamos la sed, para luego echarnos a descansar. Es en este momento cuando noto la ausencia de Noemí, pensando en ella y que esta a salvo de esta gente me tranquiliza, su recuerdo a la vez no me deja dormir, me pregunto que estará haciendo en este momento…zzz.
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Justo en ese momento Noemí termina de dar la infusión al ultimo hombre. Se recuesta en un lado de la sala sobre un lecho de hojarasca para reponer un poco de fuerzas, también ella está pensando en Miquel , se siente preocupada al no tener noticias de él, no sabe como se encuentra o que le puede haber pasado. Esta inmersa en sus pensamientos, cuando llega Zanele acompañada de un hombre del grupo que trae noticias de la situación de Miquel y Julian. Se levanta deprisa, Zanele la tranquiliza diciéndole que los dos están bien de salud a pesar que ha tenido que luchar entre ellos. ¿Como lo has sabido?. Me he encontrado –dice el hombre– con el primer emisario que enviaron del otro lado y que fue atrapado por el egipcio, el a presenciado la pelea y que salvo magulladuras no tienen nada grave, están bien los dos, sólo que han tenido que unirse al grupo para que no tomaran represalias contra ellos. Son buenas noticias que le dan la tranquilidad que necesitaba y que le hace tener esperanzas de volverlo a ver.
Tras darle la buena noticia, Zanele y el acompañante se marchan. Queda sola con los enfermos a los que tiene que cuidar hasta que se repongan en su totalidad del mal que padecen. Noemí pensativa, recuerda momentos vividos junto a Miquel desde que llegaron a ese lugar, es evidente que lo hecha de menos, está empezando a pensar que algún sentimiento ha nacido en ella, ya que se ruboriza cuando piensa en él.
Ha desaparecido toda preocupación , ahora nota el cansancio por estar todo el tiempo ocupándose de los enfermos, pendiente de darles la medicación a su tiempo y descansando a ratos; pero sin separarse de ellos nada más que el mínimo tiempo necesario.
Vuelve a recostarse en aquel improvisado lecho, para intentar descansar lo máximo que le dejen los pacientes que tiene a escasos metros.
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Capitulo III – La Ciudad Apartada
La Ciudad Apartada está rodeada de una empalizada de unos dos metros de altura, donde hay tres accesos que abren por las mañanas con luz solar y cierran antes del anochecer, esto para evitar que las alimañas de exterior deambulen en las noches por las calle de la ciudad. Pero son peores las “alimañas” que quedan dentro. Unos alaridos de muerte nos despiertan sobresaltados, se han oído muy cerca de este lugar, nos asomamos con cuidado por el hueco de ventana para ver el dramático espectáculo llevado a cabo por un grupo de esbirros de Waghi, capitaneados por un hombre corpulento y fuerte con cara de no querer amigos. Arrastran cogido por los pies el cuerpo de un hombre al que han decapitado, otro lleva asida por los pelos la cabeza del desdichado, andan vociferando por el logro, según ellos, este hombre quería escapar de la Ciudad Apartada para unirse al grupo de Tabo y Zanele, lo han cogido intentando cruzar la empalizada.
El sobresalto no nos deja volver a relajarnos hasta pasado un buen rato cuando se hace de nuevo el silencio de la noche.
Amanece, por la ventana de la habitación empieza a entrar la luz del sol. Miquel abre los ojos y ve como Julián sigue dormido sobre su camastro. La claridad en la habitación es cada vez mayor, el sol que por segundos se alza sobre el horizonte e intensifica su luz dentro del cuarto, hace que Julian se despierte.
Los dos se miran con cara de incertidumbre, como el que no sabe que pasará a partir de ahora. No tienen la más mínima idea de lo que van ha hacer en adelante dentro de la banda de Waghi, sólo saben que tienen que buscar al lugarteniente del egipcio, al que apodan “el sanguinario”, -por lo bestia y sanguinario que es- y ponerse a sus ordenes.
Se incorporan y se despejan la cara con agua clara, toman algo de fruta y beben agua. Se disponen a salir del lugar, están en la puerta y sin saber que dirección tomar, cuando se les acerca Agostinho, este les dice que los va a acompañar hasta donde está el lugarteniente de Waghi, les advierte del cuidado que deben tener, “el sanguinario” primero atiza y luego pregunta, no se anda con contemplaciones a la hora de demostrar quien es el que manda en el grupo, es la manera que emplea para mantener la disciplina, todos le temen y obedecen, es la mano derecha del “egipcio”. Tenéis que llamarlo por su nombre, Orrin, para no tener problemas con él, procede de Grecia.
Nos ponemos en marcha según nos indica Agostinho, cuando observo que nos van siguiendo dos hombres armados, se lo digo a mis compañeros y Agostinho me dice que esos dos han pasado la noche cerca de nuestra puerta vigilando por si decidíamos escapar. Al comentarle lo sucedido esa noche, no se extraña de nada. Eso es habitual –comenta Agostinho- estoy convencido –sigue diciendo- que primero le cortaron la cabeza y después le preguntaron que hacia allí, esa es la manera que tiene de actuar el “el sanguinario” y sus hombres, y todo con el consentimiento del “egipcio”.
Seguimos caminando por las calles, estoy absorto en mis pensamientos, me estoy acordando de Zarím, supongo que me tendrán localizado y escuchando todo lo que pasa al mi alrededor a través del transmisor que llevo en la ropa, si es así, espero que hagan algo para sacarnos de aquí, o quizá tengamos que esperar una oportunidad para escapar lejos de esta jauría.
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Continuamos con nuestro callejeo guiados por Agostinho, él sabe donde está en estos momentos “el sanguinario”, a quien nos tenemos que presentar para que nos de las directrices de cual va ha ser nuestro cometido dentro de esta bélica comunidad. Los dos esbirros que nos siguen, ya sin disimulo y a muy corta distancia, no nos quitan el ojo de encima, si hiciéramos alguna maniobra que le incitara sospechas estoy convencido que nos asaltarían sin contemplaciones, con muy malas consecuencias para nuestra integridad física.
Pasados unos veinte minutos la calle por donde vamos de repente se ensancha a una plaza de forma irregular, más estrecha por donde llegamos y mucho más ancha justo al lado opuesto, donde hay un edificio también de dos plantas; pero de proporciones espaciosas. Agostinho nos indica que es ahí donde está “el sanguinario”, tenéis que entrar en el edificio y presentaros ante Orrin; recordad que ese es su nombre; tras decirnos estas palabras, Agostinho se marcha.
Nos quedamos acompañados sólo por los esbirros que nos venían siguiendo y que se han acercado hasta nosotros con la fija y única idea de llevarnos sin dudarlo hasta la presencia de “el sanguinario”, atravesamos la plaza escoltados por los dos, hasta llegar al edificio, nos hacen entrar acompañándonos hasta una sala de grandes dimensiones donde está el brazo derecho del “egipcio” dando ordenes a los allí presentes. Cuando nos ve hace señales a nuestros vigilantes para que se marchen, cosa que hacen al momento.
Orrin “el sanguinario” se dirige a nosotros en tono agresivo y amenazante, con actitud de impaciencia ante nuestra llegada. Tengo la sensación que no estaremos juntos en el cometido que nos toque hacer, estoy seguro que nos mandara a diferentes sitios para realizar distintas tareas. Dan por hecho que estamos con ellos de todas condiciones, cuentan con nosotros como miembros del grupo y es lo que tenemos que hacerles creer, para mantener nuestra integridad física.
Se confirma lo que pensaba, cuando a mi compañero lo manda con un cabecilla y siete más a realizar una misión de patrulla por los alrededores de la “Ciudad Apartada” y a mi no me incluyen. Al parecer sospechan que hay individuos con la intención de unirse a Thabo y Zanele; pero no saben quien ni cuantos son, es por eso que están intensificando la vigilancia dentro y fuera de la ciudad.
En cambio a mi me manda con los que se dedican a realizar reparaciones. Esta vez tenemos que reconstruir una parte de la empalizada que rodea el recinto. El desdichado que esta pasada noche quiso escapar, al que vimos decapitado, para poder conseguir la huida, tuvo que romper unos troncos de la empalizada y en ese tramo la madera ha quedado corta por lo que tenemos que ir al bosque, cortar unas coníferas que den la altura y proceder a la reposición de la valla. Vamos dos hombres para hacer este trabajo a las órdenes del que se supone que es el oficial. Una vez llegamos al bosque buscamos los árboles que tienen el tronco más derecho posible y procedemos a cortarlos con las únicas herramientas que disponemos, hachas que por suerte están bien afiladas y astillan el tronco con cierta facilidad. Próximo a dos horas conseguimos cortar un tronco cada uno y una vez en el suelo procedemos a quitar todas las ramas, labor que nos lleva otro tanto de tiempo, enganchamos los dos troncos al caballo por una parte para que la otra punta arrastre y el animal cargue con el menos peso posible.
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